domingo, octubre 24, 2021
Editorial Columnistas Nacionales La lucha por la paz

La lucha por la paz

Manuel Castro M.

El mayor enemigo del Ecuador no es el virus. El Gobierno, las instituciones cooperadoras, los ciudadanos conscientes lo han derrotado. El enemigo es el hombre mismo: se amotinan los presos, ni ángeles ni demonios, la mayor parte en mano de las mafias de los narcotraficantes;  en la Iglesia abundan los “indecentes”, como en todo grupo humano.  Un CAL, que no es el pleno de la Asamblea, en forma “indecente” e ilegal devuelve un proyecto económico urgente del Gobierno, cuando de acuerdo a la Constitución no tiene tal atribución, por lo que transcurrido cierto término podría entrar por el ministerio de la ley. Habrá entonces otro terremoto jurídico político.

Veladamente  se intenta desestabilizar al gobierno del Presidente Lasso, que afectará al futuro del país, a la democracia. Ergo,  el orgullo, los prejuicios, la estupidez, la arrogancia, son los verdaderos enemigos del Ecuador. La solución para unos insensatos es la “revolución” que debe ser “continua e implacable”, de acuerdo con sus eslóganes, acompañados, de banderas, gritos airados. Nones de soluciones. Se olvidaron de la paz, de la armonía, del debate, del diálogo. Tales aspirantes quieren convertir en verdad la letra de un pasillo: “Somos desgraciados  y siempre seremos desgraciados”.  Henry Miller afirma: “Es glorioso dedicar la vida a una causa, pero los muertos no llevan a cabo nada”.

En vida debemos luchar para que reine la paz. Hay ciegos que primero desean matar para lograr la paz, pero ésta se logrará cuando se logre extirpar del corazón el odio, el racismo, la injusticia, el asesinato (Sucede en Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte, Rusia). Claro que en todas partes se “cuecen habas”, pero  para tener democracia,  gobierno del pueblo, es con más democracia, o sea con  libertad,  honestidad de los gobernantes y respeto a la ley.

El mismo H. Miller decía, cerca de que se desate la II Guerra Mundial ( 50 millones de muertos): “Oigo hablar a la gente de la paz con el rostro enrojecido de cólera, de odio, de desprecio, de orgullo y de arrogancia”. Los políticos deben renunciar oportunamente  a ciertos apegos indecentes.

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