Grandes fortunas

Matías Dávila

Cuando yo era niño muchos padres les regalaban a sus hijos los famosos ‘cepos’ o alcancías. La idea era enseñarnos a ahorrar. El ahorro era considerado un valor que debía transmitirse de generación en generación. Si bien ya había locales que otorgaban créditos directos, todavía no se generalizaba el sistema y menos aún aparecían las tarjetas de crédito. Eran pocos los almacenes que lo hacían. Usted quería comprar algo, pues tenía que ahorrar para conseguirlo.

Luego, con la aparición y el auge de las tarjetas, el ahorro dejó de tener sentido. ¿Para qué tengo que ahorrar si lo puedo tener hoy? 

Luego de haber pertenecido a la iglesia evangélica por más de 13 años, me acostumbré a diezmar. Esto no es otra cosa que retirar el 10% de lo que uno recibe como ganancia y separarlo inmediatamente. Hacerse a la idea de que uno nunca ha ganado ese dinero. Si usted que me lee hace un cálculo de lo que significó ese porcentaje en su economía durante el último año, ¿qué cifra obtendría? Imaginemos que ganó el sueldo básico.

En resumen, usted debió haber recibido algo así como $5.600 dólares, incluidos décimos. Ahora, imagínese que en este momento tuviera en su velador en un sobrecito ese 10%, es decir, 560 dolaritos. ¿Qué podría hacer con eso? Si se consigue un socio y juntos se dedican (con ese dinero) al negocio de poner un tiesto sobre una cocineta de gas para hacer tortillas con café, el emprendimiento le arrojaría un promedio de $400 al mes: $200 para cada uno. Él pone el trabajo y usted la inversión. De ganar el básico, hoy estaría ganando 600 dolaritos. La inversión se pagaría en tres meses y el resto ya sería solo ganancia. Ahora imagínese el próximo año, cuando tenga nuevamente $560 para mejorar esa inversión, o para poner otro negocio.

Me aterra escuchar que las personas dicen: “Yo no puedo ahorrar porque no me alcanza”. Yo les digo, “¿sabe qué? Y así nunca le va a alcanzar”. Si gana $400 y tiene una deuda de $1.000, qué diferencia hay en pagar 10% menos en las cuotas. Ahorrar e invertir en activos es quitarse la soga del cuello. Piénselo.

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