Dejar huellas

Fabián Cueva Jiménez

No es el principal objetivo de nuestras vidas el dejar huellas; pero, casi siempre surgen espontáneamente durante nuestro desarrollo, mientras vamos adquiriendo responsabilidades y ejecutando nuestras actividades. Claro que lo peor es no dejarlas y si se cumplen preferible que sean positivas.

A tratar sobre el tema nos estimula un reciente anuncio público: “Si mañana no estoy quiero dejar huellas, haber hecho algo bueno y que se me recuerde por eso” (Ministra de Educación), frase que motiva nuestra opinión y merece la de todos, por los problemas estructurales de ese sector, reales e intactos. Nos envía seguridad y optimismo, mientras queda también, por tanta experiencia negativa, incredulidad y escepticismo.

Para ubicarnos y relacionar con el asunto propuesto, invitamos a leer el siguiente relato, un contenido simple, pero adecuado para generalizarlo y aplicarlo. Luis Galindo, psicólogo positivo español (490 conferencias sobre liderazgo) introduce en uno sus eventos un cuento que trata sobre “las huellas que dejamos” y su importancia. Nos llama a pensar no sólo en los pasos pequeños o grandes que damos sino a la importancia de las huellas que dejamos.

Habla de un individuo que vivió gran parte de su vida con intensidad, paz y alegría, utilizando más que su inteligencia, mucha intuición para superar numerosos obstáculos; aunque, dice la narración, sufría por estar exageradamente pendiente de sí mismo y de los demás, lo que le llevó a abrumarse sin medida. Por eso, decidió alejarse de su pueblo y dejar en manos de otras personas lo positivo que había logrado para que sigan haciendo y lo recuerden.

Gonzalo, así se llama el actor, se fue hacia la cima de una montaña, logró desde un punto clave mirar la hermosura del paisaje, lo que le facilitó poner en orden sus pensamientos. Alguien le ofreció un catalejo para que observe el valle y el lugar donde había vivido. Ubicó al pueblo y en él:  parque, iglesia, plaza y escuela. En ese último observó un punto brillante y dorado que titilaba insistentemente. Son tus huellas, le dijo ese alguien, aquellas que dejaste desde niño, cuando a los 7 años te impresionó la pobreza de un compañero que lloraba por no tener un lápiz para ingresar a el aula, rompiendo el tuyo en la mitad para que termine su angustia.

Sigue el cuento, ya no era tan solamente un punto brillante, aparecieron otros:  por defender a una agresión a un amigo volviste a casa con el ojo morado, también porque lograste conseguir empleo a un padre despedido del empleo; y, uno más, cuando juntaste dinero para la operación de la madre de otro amigo. Ese ha sido tu camino y en él dejaste huellas, afirmó.

Las simples huellas dejadas, las del relato, hay que con profunda humildad valorarlas y, por qué no, aplicarlas, creando espacios y juntando gente que ayude a solucionar tantos problemas gigantes que tiene el país. Se trata de dejar un legado en la historia, no de producir un impacto inicial, más bien en abrir el sendero para involucrarnos a todos.

Es hora de iniciar, no para ver frutos en “2 décadas”, hay países que lo hicieron en menor tiempo y con buenos resultados. Ponga énfasis, señora Ministra, en un currículo ajustado a la realidad social y cultural para el desarrollo humano, es la clave del éxito, al menos si se lo realiza colectivamente.

Si desea dejar huellas positivas, camine con diafanidad y entereza, con sencillez y modestia. Si la vida le dio la oportunidad, los puntos brillantes aparecerán, no lo dude.