En el Barómetro de Movilidad Social del año en curso, elaborado en el Reino Unido y basado en las diversas percepciones ciudadanas sobre el estado de cosas existente en la actualidad, se presentan cifras en torno a la afectación ocasionada por la pandemia que azota al mundo.

Los resultados de este estudio determinan que más de la mitad de los encuestados considera que, por la causa anotada, la desigualdad social ha crecido, con impactos en la salud mental, a más de la económica, lo que ha producido, especialmente en los países en vías de desarrollo, que se incremente la emigración de personas que buscan mejorar su posición en la estructura socioeconómica, superando de esta manera la falta de oportunidades que agobia a los países de origen.

Los que abandonan sus latitudes en busca de mejores días para ellos y sus familias son, en no desechables proporciones, los considerados más aptos: la fuga de cerebros es palpable realidad que afecta a Latinoamérica y el Caribe, debido, en primer lugar, al creciente desempleo que golpea a la región, agudizado por las consecuencias generadas  por el coronavirus.                   

Mientras profesionales del más alto nivel son captados por los países del denominado primer mundo, en su beneficio y para aumentar su prosperidad, en los otros, los de la periferia, los efectos por esta causa son graves, entre otros el desarraigo de gente ampliamente capacitada que no halla posibilidades de trabajo y la llegada de elementos del exterior, a veces con menor perfil, que ocupan los lugares que se les niega a los propios.

Singularmente los jóvenes talentos deben recibir los incentivos que reclaman su formación académica y la necesidad de que permanezcan en su país nativo, para que, con arraigado sentimiento nacional y dinamismo, colaboren al desarrollo del terruño.