¿Estamos en la cuerda floja?

Durante varios días vivimos un fuerte “coletazo” de una enfermedad crónica de nuestra sociedad: el populismo, ahora mezclado con un sentimiento anti-élite y un nativismo xenofóbico. La tensión debida a la incertidumbre, volatilidad, riesgo político y polarización social se desbordó. El odio asomó la cabeza, en particular entre los líderes de esas marchas, paralizaciones y amenazas.

Hace unos meses el Centro Estudios Internacionales (CEIUC), con sede en Santiago de Chile, advertía sobre este peligro. En germen, el populismo conduce directamente a la violencia de todo tipo. ¿Quién define en el populismo a quién odiar y a quién no? El líder, por supuesto. No hay populismo sin culto al líder. ¿Para qué sirve el odio? Para dinamitar la democracia.

Se puede “militar” en defensa de los derechos humanos; sin embargo, cuando se usan como pretexto para justificar la actuación violenta y antidemocrática de un determinado grupo político o partido, ese acondicionamiento lastra su calidad ética. No es “revolucionario” cambiar un sistema socioeconómico y político sin que la mayoría de los supuestos destinatarios sepa de qué se trata.

Es aparentemente perpetua entre nosotros la fascinación de la izquierda y de cierta derecha torpe por los discursos antisistema que esconden mucha egolatría.  Se trata de un populismo peligroso porque se basa en el odio hacia quienes no comparten sus premisas. En este contexto, la gobernanza se vuelve excesivamente compleja.

Se precisa de un inmenso e intenso ejercicio de imaginación y voluntad política, para sacar a Ecuador de este recurrente atolladero al que nos conducen la crisis de las instituciones, de los mecanismos de representación política y de los canales que recogen los problemas de insatisfacción y desigualdad populares. Y procurar, por fin, un consenso político y social perdurable que, hasta hoy, nunca se ha podido alcanzar.

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