¡Buenos días, señor Presidente! Encuestas traicioneras

Emilio Palacio

Mi salud no anduvo muy bien en los últimos días así que me va a disculpar que no me refiera a las noticias más recientes, como el sonoro triunfo de la Fiscal General y de la sociedad civil que salió a defenderla a las calles.

Preferí abordar un tema que a usted lo toca más directamente: el verdadero valor de las encuestas electorales.

Como todos sabemos, las encuestas siempre se equivocan, pero hay algo peor aun, y es que no interpretan la manera de pensar de los electores.

Le pongo un ejemplo:

Cuando usted llegó a la presidencia, sus porcentajes altísimos de aprobación se debían leer así: “Aprobamos al nuevo presidente porque es un hombre joven que nos ha prometido cambiar al Ecuador y se lo ve muy sincero y transparente”.

Cinco meses después, el porcentaje de aprobación sigue siendo alto, pero ya no hay que leerlo del mismo modo.

Ahora el mensaje es otro: “Apoyamos a Daniel Noboa, a pesar de la inseguridad y la falta de empleo, porque no hay ningún otro candidato potable a la vista y no queremos que vuelva la corrupción, pero ojalá que fuese un poco menos intolerante e inmaduro”.

¿Sí ve la diferencia?

No es la primera vez que eso ocurre. El que llega a la presidencia comienza a mirarse el ombligo en el espejo y se dice a sí mismo:

“Ya lo decía yo, estas encuestas demuestran que soy el Maradona de la política”.

“Es que yo le hablo al pueblo en su lenguaje, canto, bailo y digo chistes, y por eso me adoran”.

“Las críticas de todos los que piensan diferente y también las críticas de la gente que me apoya, ni me van ni me vienen porque yo soy más shabido que todos esos juntos”.

Los gobernantes que piensan así, siguen metiendo la pata hasta que ya es demasiado tarde.

De todos modos falta muy poco para las elecciones. Así que a lo mejor consigue que lo reelijan. Déjeme decirle que eso es lo que yo sigo esperando, aunque sinceramente cada vez con menos entusiasmo.

Pero eso no significa que la camareta del repudio popular no le vaya a estallar en la cara. Porque el pueblo aguanta, y aguanta, y parece que aguantará hasta que el infierno se congele, pero de repente se cabrea y entonces, como decía Capulina cuando yo era chico (y como dijeron varios presidentes anteriores): “patitas para que os quiero…”

Así que mi recomendación es que se imagine cómo sería su segundo mandato si la bomba del descontento le estalla después de la reelección: serían cuatro años muy difíciles, sin aliados ni amigos, y con unos pocos ecuatorianos que no nos vamos a cabrear porque esta película ya la vimos mil veces pero como igual somos tercos mantenemos la esperanza que algún día pasen otra que no sea del vaquero macho y los indios tontos.