David Graeber y la pospandemia

No fue el coronavirus, sino una pancreatitis lo que mató a David Graeber el año pasado. Resulta cruelmente irónico que uno de los más lúcidos críticos de la sinrazón del mundo contemporáneo haya fallecido justo cuando comenzaba a atestiguar cómo las autoridades mundiales, a causa de la pandemia, se veían obligadas a admitir muchas de las incómodas verdades que él llevaba años señalando.

Antropólogo anarquista, Graeber insistía en que la moneda y la política monetaria en general no eran más que herramientas de control de la población por parte del Estado y que las finanzas modernas estaban construidas, deliberadamente, para mantener a la gente endeudada y ocupada. Todas las teorías sobre el surgimiento de la moneda basadas en el comercio y el ahorro, insistía, no eran más que, como toda creencia religiosa, cómodos mitos para justificar las arbitrariedades del presente.

Afirmaba que el mundo actual ya era, gracias a la tecnología, descomunalmente rico y que desde hace mucho existían ya los recursos suficientes y las herramientas necesarias para que los seres humanos viviésemos vidas prósperas dignas de ser vividas. Lamentablemente —por una mezcla de hábito, miedo, codicia y mezquindad— nos negábamos a aceptarlo y preferíamos inventarnos trabajos absurdos, destinados a resolver problemas que nosotros mismos creábamos,  con tal de mantenernos ocupados, tras la fachada de un mundo de escasez. Lamentablemente, decía, dentro de nosotros no podemos dejar de darnos cuenta de cuán profundamente innecesario es lo que hacemos, así que vivimos sumergidos en ese malestar —mezcla de inseguridad y vergüenza— que suele acompañar a impostores y charlatanes.

Finalmente, poco antes de morir, insistió en mostrar, junto con el arqueólogo David Wengrow, que toda la “historia” de la especie y de la civilización que nos enseñaron y que seguimos enseñando no tiene respaldo histórico alguno, sino que es apenas adoctrinamiento perverso útil sin más propósito que hacer que los miembros de la especie se resignen a aceptar ese presente enfermizo por el que cada célula de su cuerpo siente repulsión.

Ahora que el sistema quiere mantener encerrada a la gente a toda costa para no tener que lidiar con las verdades incómodas que la pandemia puso en evidencia, vale releer a Graeber.

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