Sabemos lo que se avecina

Daniel Márquez Soares

Hay que ser gratos y reconocer que el destino está siendo sumamente generoso con el Ecuador. Un contundente fenómeno de El Niño hubiese bastado para someter al país a un doloroso aterrizaje forzoso, pero en lugar de ello la fortuna nos está regalando crisis graduales. Tras casi veinte años de malas decisiones hemos llegado a un punto en el que nuestra economía no crece, ya resulta difícil pagar los sueldos del sector público, hubo que apelar a la medida extrema de aumentar el IVA, y las deudas del Estado con proveedores no dejan de apiñarse; pero nada de esto ha sido sorpresa, todos sabíamos hacia lo que estábamos yendo.

Igual, ahora conocemos de sobra cuál será, con total seguridad, el próximo capítulo si es que no hacemos nada. Dentro de dos o tres años, el IESS ya no tendrá dinero para responder íntegramente a los jubilados y el Estado estará tan desfinanciado que ya habrá sido inevitable caer en default. Para esas alturas, la producción petrolera estará ya por los suelos, el impacto en la banca privada habrá sido inevitable, la tolerancia estadounidense y centroamericana con la migración ilegal se habrá acabado —privándonos de una válvula de escape— y, con el debilitamiento del Estado, el crimen organizado habrá cobrado aun más fuerza. Lo único bueno de llegar a semejante punto es que, ahí sí, las autoridades estarán dispuestas a emprender las reformas que hoy —por irresponsabilidad, pereza o cobardía— no se atreven a implementar.

Sin embargo, es justo preguntarse si de verdad tenemos que descender a esos niveles de desesperación y sufrimiento. Sobran las medidas que podríamos tomar desde ya, en tanto a la larga igual tendremos que hacerlo: acabar con los subsidios, liberalización laboral, reducir la tramitología ambiental, sinceramiento del seguro social, aumento de la producción petrolera, recorte de burocracia, etc. Desgraciadamente, tenemos un Gobierno que rehúye cualquier discusión trascendente.