…la institución más perversa…

Carlos Freile

Hace pocos días el maestro Simón Espinosa, intelectual de sobresaliente valía y servicios inigualables a la Patria recibió con toda justicia el doctorado Honoris Causa conferido por una universidad local. Desde este modesto rincón con pretensiones reflexivas me uno al coro de felicitaciones al maestro. En su discurso de agradecimiento el sabio colega citó a Mons. Leonidas Proaño: “Me muero triste porque la Iglesia Católica ha sido la institución más perversa con los indios”. Lamento desconocer la identidad de la persona que fue testigo de esa afirmación y en qué circunstancias habría sido pronunciada por quien fuera obispo de Riobamba; pero su enunciado me lleva a un par de reflexiones inevitables por mi doble condición de católico y de historiador.

El despiadado juicio no se refiere a algunos, muchos o pocos, miembros de la Iglesia, sino a toda ella como institución. Una posible consecuencia sería que en siendo perversa, perdón, “la más perversa” con un enorme conglomerado humano y, es de suponer, a lo largo de muchos años, esa institución no habría podido ser fundada por Jesucristo, quien prometió a la suya el acompañamiento hasta el fin de los tiempos. Desde mi simpleza se me ha ocurrido que si yo estuviera convencido, en base a serios estudios e investigaciones, que la Iglesia ha sido una institución perversa, la abandonaría de inmediato para buscar dónde seguir de manera más fiel a Jesús y adecuar mi vida a su doctrina.

Pero da la casualidad que llevo casi cincuenta años (me faltan cinco meses) dedicado a investigar la Historia de la Iglesia en el Ecuador y que por mucho tiempo he dictado esta materia en una Universidad. De este trajinar por archivos y bibliotecas, por congresos y aulas, he llegado a un par de  conclusiones de cemento armado: es innegable que la Iglesia ha estado siempre llena de pecadores (este escriba entre ellos), pero que también en ella han florecido siempre decenas de  santos, canonizados o no. Es también indudable, para quien haya escrutado centenares de documentos y publicaciones, que no existe en el mundo una institución que haya hecho tanto por los indígenas americanos; así como suena: no la hay. Esa labor ciclópea ha sido no solo tergiversada sino ocultada y negada por ciertos historiadores, ya sea por desconocimiento de las fuentes ya por odio nacido de prejuicios. Esta postura ha sido adoptada por los divulgadores y los entretenedores sin beneficio de inventario y ha pasado al gran público.

En primer lugar basta revisar todos los documentos pontificios en que se prohíbe la esclavitud de los indios y el despojarles de sus bienes (es mentira que recién en 1537 la Iglesia reconoció que los indígenas tienen alma, ya en 1493 el papa habló de la evangelización de estas gentes antes desconocidas), sin olvidar la encíclica “El lamentable estado de los indios” del papa san Pío X de 1912. A ello se unen las innumerables condenas de obispos y sacerdotes a los actos de bárbara opresión contra los indios y las iniciativas para salir de esa realidad horrenda. Léanse, por ejemplo, los documentos de los obispos Pedro de la Peña y Luis López de Solís o las condenas de la mita por varios sacerdotes de Riobamba en 1764. No quiero cansar más a mis amables lectores, por eso concluyo con la referencia al último libro de mi autoría: La Iglesia y los oprimidos en la Colonia,  Quito, Academia Ecuatoriana de Historia Eclesiástica, 2021 (317 pp.).