La democracia no debe retroceder

Ana Changuín Vélez

La teoría sugiere que la democratización de los regímenes políticos impulsa la prosperidad económica y fortalece las instituciones. Sin embargo, en América Latina, esta premisa idealizada, basada en la experiencia de países desarrollados, se ve enfrentada a notables obstáculos.

En primer lugar, las crisis económicas actúan como catalizadores negativos para la democracia, profundizando las desigualdades y generando tensiones en las demandas de la población, que con desesperación busca mejores opciones para sus hogares. Datos de la CEPAL indican que más de 180 millones de personas carecen de ingresos suficientes para cubrir necesidades básicas, contribuyendo al aumento de la pobreza que afecta a casi un tercio de la población. Las disparidades entre los deciles de ingresos son notables, ya que el decil más alto percibe 21 veces el ingreso del decil más bajo, y en 2021, la riqueza de solo 105 personas representó casi el 9% del PIB regional.

Por su parte, el informe Latinobarómetro de 2023, evidencia que el apoyo a la democracia en la región ha disminuido al 48%, marcando una caída de 15 puntos porcentuales desde 2010. En cambio, el autoritarismo encuentra aceptación progresiva, desdibujando las líneas que separan a los países democráticos de aquellos que no lo son. Lo real es que las democracias latinoamericanas han cedido terreno a regímenes autoritarios emergentes, con agendas que ofrecen cambios y políticas públicas a través de sistemas personalistas, con poderes legislativos y judiciales sin independencia, y sensibles restricciones a la libertad de expresión.

En segundo lugar, la región presenta deficiencias en la producción de bienes políticos, explicadas por la crisis de partidos, personalismos, corrupción y la ambición de perpetuarse en el poder. Esto se suma a la falta de capacidad gubernamental y a varias necesidades desatendidas. Otra vez, según el Latinobarómetro, un tercio de los presidentes elegidos en América Latina desde la transición a la democracia ha transgredido las reglas democráticas, dejando a la región vulnerable al populismo. Superar este círculo vicioso e ir de la teoría a la práctica requiere un renovado compromiso de los gobiernos, líderes políticos y sociedad civil. La receta no es sencilla, pero es fundamental priorizar el fortalecimiento de instituciones, trabajar en aumentar la confianza pública, promover la participación ciudadana; y, lo más importante, llevar a cabo una gestión eficiente para ayudar a los menos favorecidos en toda la región. Es vital guiar a nuestros pueblos hacia el desarrollo mediante la democracia.

Recordando las sabias palabras de Winston Churchill, debemos reafirmar que a pesar de sus desafíos, la democracia sigue siendo el mejor sistema para construir sociedades más justas y equitativas.