domingo, noviembre 28, 2021
Editorial Columnistas Nacionales Ahí les quiero ver

Ahí les quiero ver

Alfonso Espín Mosquera

La corrupción que operó como cosa normal en los gobiernos anteriores, sobre todo en el autoproclamado de “las manos limpias y corazones ardientes”, es parte de la “institucionalización” de los malos ejemplos, como para que se genere la aberrante conciencia colectiva que creía que “honestidad es sinónimo de tontería” y más bien había que ser “pícaros”y “alentados”, como para alzarse con el santo y la limosna y entonces cuadrarse para la vida entera, para sus hijos y nietos.

¿Cuántas fortunas se generarían a través de la corrupción? ¿Cuántos “famosos” gestarían sus nombres a partir del engaño y las picardías? El Ecuador tiene una historia en este sentido, con incontables ejemplos entre sus políticos y gobernantes, muchos de los cuales han vivido y viven, gozando de impunidad y disfrutando de lo mal habido.

Pero la gran mayoría de ecuatorianos son gente moral que se enfrenta a diario al trabajo para conseguir su subsistencia. Desde sencillos obreros, hasta empresarios que se las juegan duramente para sostener sus inversiones y el trabajo de sus dependientes, más el cumplimiento de los haberes fiscales.

En el país hacer empresa es cosa de valientes y, si es agropecuaria, de superhéroes, porque los insumos, semillas, mano de obra y más elementos que se necesitan para producir en el campo son caros y, generalmente las actividades agrícolas o ganaderas son a largo plazo. Se trabaja para cosechar en seis o doce meses; se engorda ganado para venderlo en uno o dos años y mientras tanto hay que comprar fertilizantes, insecticidas, fungicidas, vacunas, desparasitantes, vitaminas, combustibles, transporte, pagar los trabajos de vaqueros, jornaleros, las obligaciones laborales con la seguridad social, los impuestos y luego, esperar la suerte para que el precio de los productos tengan un justo margen de ganancia, de lo contrario, no solamente que se habrá perdido el tiempo, sino que llegarán las deudas, los acreedores y vendrá la quiebra.

Hoy el caso más visible es el de los arroceros, que tienen que someter su producto a los precios que fijan los intermediarios o las piladoras, quienes acuerdan para su beneficio en contra de la economía del agricultor, o  a esperar que no ingrese contrabando a precio de regalo. Igual pasa con el precio de la leche, que en temporadas fluctúa entre malo y pésimo, según convenios entre las grandes procesadoras de lácteos.

Es hora de que el gobierno cumpla con sus ofertas de campaña para el agro, establezca precios justos para la producción, evitando la infame intermediación, de tal manera que el productor siga haciendo patria en beneficio de todos los ecuatorianos, de lo contrario la desocupación y el abandono de las tierras, será el destino de miles de personas involucradas en ese fundamental sector de la economía.

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