DEMAGOGIA

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    Eddy Arrobo Rodríguez

    Aristóteles fue quien definió por primera vez la demagogia, como “la forma corrupta o degenerada de la democracia”. En esta misma línea, la Real Academia Española señala que la demagogia es, por una parte, la práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular, y por otra, la degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

    Para nuestro pesar, la demagogia acompaña, como una sombra perenne a la democracia. Esta contigüidad inquietante se explica fácilmente, ya que los recursos fundamentales, a disposición de quienes hacen política, en democracia, son los mismos que sirven al demagogo para conseguir sus objetivos, todos estos, dirigidos a convencer e involucrar a los futuros votantes.

    A las puertas de las elecciones presidenciables, los sufragantes tenemos la obligación de distinguir la verdad y la mentira, para crear “anticuerpos” en contra de la demagogia, pues los discursos del demagogo se caracterizan por ser fundamentalmente engañosos, pronunciados por personajes sin escrúpulos, mentirosos compulsivos y obsesivos.

    Como ciudadanos libres de cualquier fanatismo político, que anhelamos lo mejor para nuestro país, tenemos que ser responsables, reflexionar y sopesar las promesas de campaña de los dos candidatos. Es necesario desechar las propuestas políticas demagógicas e irrealizables con las que se pretende “vender humo”, engañando a la población, para favorecer sus malévolos y personales intereses. El pueblo debe aplicar el castigo que se daba a estos facinerosos en el tiempo del emperador romano Alejandro Severo, y “al humo perezca, quien humo vende”.

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