sábado, junio 19, 2021

A flor de piel

Paco Moncayo

Así se encuentra la sensibilidad social en los pueblos latinoamericanos. Decenas de miles de familias han perdido a sus seres queridos, millones quedaron sin empleo, miles de pequeñas y microempresas han cerrado; las cifras de desempleo, informalidad y pobreza se han disparado; familias pobres que habían logrado, con mucho esfuerzo, ubicarse en la clase media, ven frustrarse sus sueños de una vida mejor y no alcanzan a cubrir sus gastos básicos; otras, que ya soportaban la crueldad de la pobreza se ven arrastrados a la miseria. Esta es una dolorosa realidad, no el invento de grupos subversivos y violentos. La reacción que, en circunstancias de esta naturaleza, se ha presentado a lo largo de la historia, ha sido que las clases más afectadas por la crisis busquen, no una solución, pero sí un desahogo, en protestas callejeras que, por obra de agitadores políticos, pueden radicalizarse.

Las cifras sobre el deterioro de la calidad de vida en los países de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) son pavorosas: En el año 2019, 32.3% de la población boliviana vivía en niveles de pobreza 14% en extrema pobreza; en 2020, los porcentajes suben a 34.45% y 16%. En el caso del Perú,    los pobres pasan del 16.5% al 19.5%, la extrema pobreza del 3.7% al 4.8 %; en Ecuador los pobres eran el 25.7% y a finales del 2020 llegaron al 30.8%, los pobres extremos pasaron del 7.6%, al 10.7%; y, en Colombia del 29%, al 31.5% y del 10.3% al 12%, en cada caso.  En términos reales más de 40 millones de seres humanos de la CAN viven en pobreza; mientras que la inequidad, que tanto pesa sobre la subregión, se ha visto también agudizada por la pandemia.

En América Latina, con datos de la CEPAL del año 2020, 214 millones de personas viven en pobreza y 83 millones en pobreza extrema; más de la mitad de la población económicamente activa no tiene protección laboral, ni de salud, ni pensiones.

Estas son las realidades lacerantes que deben considerar los gobernantes para sus planes de desarrollo y seguridad, a fin de evitar la violencia estructural que dispara las otras formas de violencia.  Hay que recordar que es prioritario actuar sobre las causas para no tener que lamentar los efectos.

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