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Domingo, 24 de Enero de 2010

TEORÍA. Santiago Roncagliolo y Miguel Barroso dicen que los lectores deciden qué puede ser real o no.

La no-ficción ‘da más trabajo’

MADRID, EFE

La novela de no-ficción “da más trabajo” al autor porque conlleva más investigación y la búsqueda de testigos de la historia, según los escritores Santiago Roncagliolo (peruano) y Miguel Barroso (español).

Roncagliolo y Barroso, quienes acaban de presentar sus últimos libros, Memorias de una dama  y Un asunto sensible, respectivamente, coincidieron en que tanto en la ficción como en la no-ficción “las historias reales son buenas cuando parecen de mentiras y las de mentiras son buenas cuando parecen reales”.
“Una parte del juego es que cada lector decida qué es lo que quiere que sea real o qué no”, afirmó el autor peruano.

Ambos mencionaron al estadounidense Truman Capote (1924-1984), a quien reconocen como precursor del género y que lo que consiguió, según Roncagliolo, fue darle “una forma mucho más novelística” a la crónica de un crimen en un libro en el que “no importa qué hicieron los protagonistas, sino el tema del mal; en lo que convierte a alguien en un asesino”.

Miguel Barroso, quien en Un asunto sensible narra el asesinato de cuatro estudiantes revolucionarios en los últimos días del régimen de Fulgencio Batista, en la Cuba de 1958, aseguró que llegó al género de no-ficción casi sin darse cuenta.

Según el novelista español, “a diferencia del periodismo, los personajes tienen una carga simbólica; no son simplemente fulano de tal con nombre y apellido, sino que encarnan algún principio moral o un juego dramático”.

En el caso de la novela de no-ficción, añadió Barroso, el escritor recurre a los cánones del género utilizados ya por Capote, como el protagonismo del relator de la historia, la estructura dramática y la dosificación de los datos como recurso para implicar al lector”.

 

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“Aunque amo el paisaje, amo aún más la figura humana, pero es lo más difícil”.
Vincent van Gogh


LONDRES, EFE

La correspondencia de Vincent Van Gogh constituye un testimonio de primera mano de la más que sorprendente evolución en su breve carrera de artista, según se pone de manifiesto en la exposición que dedica a sus cartas y su pintura la ‘Royal Academy of Arts’.

Vincent van Gogh (1853-1890) no es el único creador que ha dejado una enorme correspondencia- baste citar por ejemplo al por él tan admirado Eugène Delacroix-, pero ninguna como la suya desnuda con tan profunda sinceridad no sólo al artista sino también al hombre.

 Sus cartas están dirigidas principalmente a su hermano y confidente, Theo, pero también a otros miembros de su familia, como su hermana Willemien, y a colegas artistas como Émile Bernard, Anton van Rappard o Paul Gauguin, entre otros.

Es difícil saber cuántas cartas escribió en total: hay constancia de 819 aunque por referencias en las misivas por él recibidas se cree que pudo llegar a 2 mil, es decir más o menos el mismo número que pinturas y
dibujos.

Tras su suicidio, Theo conservó la correspondencia a él dirigida y la viuda de éste, Jo van Gogh-Bopnger, publicaría una primera edición en 1914.

Ahora, con ayuda de los especialistas Leo Jansen, Hans Luijten y Nienke Bakker, del museo Van Gogh, de Amsterdam, Thames & Hundson ha publicado una edición completa y anotada en tres idiomas, además de una edición íntegra en la red de toda las cartas del artista holandés.

A los esfuerzos de esos tres expertos se han sumado los de la británica Anne Dumas, de la Royal Academy of Arts, que ha seleccionado de entre todo ese ingente material cerca de 40  cartas originales para exponerlas junto a unas 65 pinturas y una treintena de dibujos en esa prestigiosa institución londinense.

La selección de las obras ha estado guiada por algunos de los temas principales que dominan la correspondencia: los esfuerzos del autodidacta por aprender los rudimentos de su oficio, su pasión por el color, la importancia dada a la figura humana, los ciclos de la naturaleza o su afición a la literatura, entre otros.

Van Gogh, hijo de un pastor protestante e inicialmente misionero él mismo, se sintió siempre atraído por la gente humilde como los campesinos, tan próximos a la naturaleza, o los trabajadores manuales.

Como explicó la comisaria de la exposición, Dumas, las cartas muestran a un Van Gogh que nada tiene que ver con el genio loco de la leyenda sino, por el contrario, a un artista metódico, tremendamente disciplinado y sistemático, pero también apasionado en su búsqueda de la verdad más profunda.

Artista insatisfecho
Lo que hoy nos fascina al leer la correspondencia de Van Gogh es precisamente el encontrarnos con un hombre que, lejos de perseguir la fama rápida, como tantos seudo-artistas de hoy, no se siente nunca satisfecho con lo logrado e intenta superarse continuamente en una lucha casi titánica por vencer las que reconoce como sus limitaciones.

Van Gogh se nos presenta como un hombre que no se desanima nunca pese a no recibir reconocimiento ni recompensa por sus esfuerzos: según Dumas, apenas vendió uno o dos cuadros en su vida pese a la condición de marchante de su hermano, que le prestaría, sin embargo, una para él indispensable ayuda financiera y moral hasta el final.

A través de cartas y pinturas, la exposición ofrece un fascinante recorrido por la fulminante carrera de Van Gogh: desde sus comienzos de torpe dibujante preocupado por la perspectiva hasta sus obras maestras como su autorretrato de 1888, su bodegón con cebollas, los retratos de ‘La Arlesiana’, de la familia del cartero Roulin, del médico Paul Gachet o los paisajes expresionistas de Auvers.

La exposición londinense, que estará abierta hasta el 18 de abril, acaba con la última carta que envió a su hermano el 23 de julio de 1890, sólo cuatro días antes de suicidarse de un disparo en el pecho en medio de uno de esos campos de trigo que le fascinaban.

En ella, Vincent daba las gracias a Theo por el billete de 50  francos que éste le había enviado, incluye unos apuntes de unos cuadros que acababa de pintar y le pedía material de pintura para él y un artista holandés que se hospedaba en el mismo albergue.

2 mil
obras dejó
Van Gogh.


600
se mencionan
en sus cartas.


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