Kepler Rivadeneira, LA HORA
¡Horror! En la oscuridad, apenas iluminada por centelladas, las personas corrieron desorientadas en las ciudadelas San Gregorio y José Fernando en busca de refugio. Gritos de desesperación y desconsuelo en la huida, porque desde el cielo venía la muerte en forma de filosos trozos de metal llameante. En el ambiente, el retumbador ruido de sucesivas explosiones.
Era la madrugada más trágica que vivían los moradores de los sectores aledaños al kilómetro cinco de la vía Portoviejo-Manta, una zona acostumbrada a continuos sobresaltos a causa de impactantes colisiones vehiculares.
A las 02:00, un enorme tráiler repleto de cilindros de gas ingresaba a un centro de acopio. Otro carro de características aún desconocidas, desarrollaba su máxima velocidad. Ninguno de los conductores tomó previsiones y vino lo peor: Impactaron con tal magnitud que inmediatamente comenzaron las explosiones.
“Es el fin del mundo”
A 70 metros del epicentro Darwin Vélez, guardia de seguridad del motel Aruba, trataba de contener el pánico. Él tiene una discapacidad en su pierna, sin embargo, corrió como pudo y alertó a otras cuatro personas que administran el motel de que “se viene el fin del mundo”. A esa hora, ya no había amantes entregados a sus pasiones.
El impacto y una primera explosión, tal vez del carro que se chocó contra el tráiler, también despertó a Álvaro Cantos y su familia, a quienes los reflejos de supervivencia los llevó a correr hasta el cansancio.
Y vino lo peor, cinco minutos después. Uno a uno fueron lanzados los 933 cilindros de gas que transportaba la tractomula. Algunas decenas de bombonas salieron despedidas como bolas de fuego, impulsadas por la onda expansiva de otros cilindros.
Comenzó la desesperación, el horror, la huida. Geovanny Intriago, guardián de diario La Hora entró en una crisis nerviosa cuando una bola de fuego cayó a su lado, y luego otra venía dando botes.
Fallece don Pedro
También entró en pánico Pedro Vélez Vélez, morador de la ciudadela José Fernando. Junto a un nieto y su hija menor, abandonó su casa de hormigón amado y buscó un lugar descampado. Mortal error. Una tapa de un cilindro cayó sobre su pierna y rebotó hacia su hija.
En ese mismo momento, la extremidad quedó inutilizada y moría desangrado. Junto a su hija, en un carro de la familia, fueron llevados hasta el hospital, pero nada se pudo hacer por él. Ella, Erika Agripina Vélez Vera, de 19 años, era sometida a una operación urgente.
En el corre-corre, los moradores de las ciudadelas San Fernando y La Piñonada se lanzaron a las colinas y desde ahí observaron la tragedia. Otras familias, propietarias de vehículos, huyeron hacia el centro de Portoviejo. En la caravana de pánico iba un volquete en cuyo balde se refugiaban decenas de niños.
Despierta Portoviejo
El estruendo despertó a Portoviejo. Fue una media hora de constante bombardeo que hizo cimbrar las casas de la ciudadela Las Orquídeas.
La gente salió a las calles. En bata, Carmen Arévalo, de la ciudadela El Progreso, pensó que alguien tenía demasiada plata para gastarla en fuegos pirotécnicos que iluminaban el cielo oeste de la capital manabita.
Otros rumoreaban que un polvorín del Fuerte Militar Manabí explotaba y muchos más fantaseaban con una guerra de bandas de delincuentes y con un castigo divino.
Una hora más tarde, decenas de policías trataban de contener a los curiosos, mientras los bomberos se afanaban en la peligrosa tarea de enfriar todos los fierros retorcidos que hallaban. Claro, se concentraron en los hierros al rojo vivo de los vehículos. En cambio, los socorristas buscaban víctimas en casas aledañas. También juntaban ardientes bombonas que no explotaron.
El alba
El crepúsculo ya dejaba ver la dimensión de la tragedia. En la zona cero el asfalto se quemó. Sobre la calzada unos fierros calcinados de lo que fueron los vehículos, calientes aún. Nada se salvó en semejante infiernillo.
Juan Tello, oficial técnico de la Jefatura de Tránsito de Manabí, observaba atónico la escena. Sus compañeros de criminalística no hallaron ningún resto humano que permita tener indicios de posibles víctimas. Tal vez alcanzaron a huir o se volvieron cenizas.
A las 07:00 los restos se despejaban de la calzada para abrir la vía al tráfico vehicular, una hora más tarde. Álvaro Cantos, todavía desconcertado, estaba fuera de su casa porque adentro había un desastre a causa de la onda expansiva.
Pensamos que era el fin del mundo, dijo Freddy Mera, adolorido porque la desventura arrebató la vida de su tío, la única víctima mortal de la madrugada de horror.
Cifras
- 150 Rescatistas participaron de las tareas de salvamento.
- 110 Bomberos de Portoviejo, Rocafuerte, Manta, Jipijapa y Montecristi actuaron en la emergencia.
Tragedia
Los vehículos
>>Se anticipó que contra el tráiler se chocó un auto Toyota Corola. Su placa es MCY-938.
>>El tráiler es un Kenworth de 1986 que cubría la ruta Isidro Ayora-Portoviejo. Su placa es PNJ-866.
La zona cero
Frecuentes accidentes
Francisco Cevallos, administrador del centro de acopio de Agip Gas, sostuvo que tomaron todas las previsiones del caso para el ingreso del tráiler. Según sus palabras, colocaron seis conos de seguridad y todos fueron arrastrados por el auto que chocó contra la tracto mula.
Moradores de la zona, rebaten ese comentario. Señalan que en ese sitio siempre ocurren accidentes de tránsito porque no se toman las medidas de seguridad necesarias y agregan que en el año se han registrado ahí por lo menos siete accidentes.
Dato
Francisco Cevallos, administrador del centro de acopio de gas, estimó en 20 y 30 mil dólares el costo del tráiler y en unos 40 mil dólares los cilindros de gas.
Pero hay otros daños, muchas casas aledañas sufrieron los estragos de la caída de los cilindros y la onda expansiva de sus explosiones. También está el daño psicológico.